Nació bajo el fascismo italiano, estuvo a punto de desaparecer y terminó convirtiéndose en la gran antesala de los Oscar.

Cada septiembre, el Lido de Venecia se convierte durante unos días en una pasarela de estrellas, alfombras rojas y flashes. Actores de Hollywood, directores consagrados y películas que todavía nadie vio llegan a la isla para buscar un León de Oro y, muchas veces, empezar su camino hacia los Oscar.
En la 83ª edición del Festival de Cine de Venecia, George Clooney subió al escenario veneciano para recibir el León de Oro a su trayectoria. Pero además, aprovechó el momento para hablar de política: «Las historias siempre son peligrosas para quienes se dedican a sembrar el miedo», dijo.
Y es que esta frase podría parecer especialmente apropiada para Venecia. Porque detrás de las fotos, los vestidos y las estrellas de cine, hay una historia bastante menos glamorosa. El festival nació bajo el fascismo italiano, atravesó la Segunda Guerra Mundial, estuvo a punto de desaparecer durante las revueltas de 1968 y terminó convirtiéndose en uno de los eventos cinematográficos más importantes del mundo.
Cómo nació el Festival de Venecia en 1932
Para entender el origen de la Mostra Internazionale d’Arte Cinematografica hay que retroceder hasta 1932. El festival no nació como un evento independiente, sino como parte de la Bienal de Venecia, la gran exposición de arte fundada en 1895. La primera edición se inauguró el 6 de agosto de 1932 en la terraza del Hotel Excelsior, en el Lido.
La película elegida para abrir aquella primera edición fue El doctor Jekyll y Mister Hyde. No había todavía competencia oficial ni premios como los que conocemos hoy, pero el evento fue un éxito: más de 25.000 espectadores participaron de aquella primera experiencia.

Detrás de la iniciativa estaban Giuseppe Volpi, empresario y ministro de Finanzas de Benito Mussolini; el escultor Antonio Maraini y el funcionario Luciano De Feo.
La Italia de los años 30 estaba bajo el régimen fascista de Mussolini, que veía en el cine mucho más que entretenimiento: era una herramienta de propaganda, influencia cultural y prestigio internacional. Hollywood ya había demostrado el enorme poder de la industria cinematográfica y el régimen italiano quería tener su propio lugar en ese escenario. Es así como Venecia podía ser el lugar perfecto para hacerlo.
De la Copa Mussolini al León de Oro
La competencia llegó en 1934, durante la segunda edición del festival. Y de la mano también llegó el primer gran premio: la Copa Mussolini, que distinguía a la mejor película.
El festival continuó funcionando durante los años siguientes, aunque la Segunda Guerra Mundial terminó interrumpiendo su actividad. Después del conflicto, volvió en 1946, ya en una Italia completamente diferente: la monarquía estaba llegando a su fin y el país comenzaba a reconstruirse sobre nuevas bases democráticas.
Tres años después apareció uno de los símbolos que todavía hoy identifican a la Mostra. En 1949 se entregó por primera vez el León de Oro, que pasó a convertirse en el máximo reconocimiento del festival. Venecia había dejado atrás la Copa Mussolini. Sin embargo, la historia todavía estaba lejos de terminar.
1968: la revuelta que puso en jaque a la Mostra
Si la Segunda Guerra Mundial había obligado a Venecia a detenerse, el siguiente gran golpe llegó desde un lugar mucho más inesperado: los propios cineastas. En 1968, el clima de protestas que recorría Europa llegó también al Lido. Mayo Francés, movimientos estudiantiles y cuestionamientos a las instituciones tradicionales habían puesto en discusión prácticamente todo. Y el Festival de Venecia no se quedó afuera.

Un grupo de directores italianos decidió retirar sus películas pocos días antes de la apertura. Durante la inauguración, la policía llegó a ocupar el Palazzo del Cinema mientras afuera se manifestaban quienes consideraban al festival una institución elitista, burguesa y todavía demasiado vinculada a su pasado fascista. La protesta contó además con el respaldo del Partido Comunista Italiano, y el resultado fue una crisis que duraría años.
Entre 1969 y 1972, Venecia dejó de tener competencia oficial y tampoco entregó el León de Oro a la mejor película. El festival siguió existiendo, pero sin la competición. Hubo, sin embargo, un premio que sobrevivió a la crisis: el León de Oro a la trayectoria. En 1971 lo recibió John Ford. Un año después, Charles Chaplin.
Paradójicamente, uno de los reconocimientos que hoy forman parte de la identidad del festival se convirtió entonces en una especie de continuidad posible mientras la competencia estaba suspendida. La Mostra recién recuperaría plenamente el León de Oro competitivo en 1980.
De la crisis a la carrera por los Oscar
La reconstrucción no fue inmediata, pero terminó transformando al festival. Con el tiempo, Venecia consiguió algo que quizás hubiera sido difícil imaginar en sus primeros años: convertirse en una de las grandes vidrieras internacionales del cine.
En las últimas décadas, y especialmente desde 2012, con Alberto Barbera nuevamente al frente de la dirección artística (dirigió el festival entre 1999 y 2001), la Mostra se consolidó como una parada estratégica de la temporada de premios.

Por Venecia pasaron películas como Gravity, Joker, Nomadland y Dune antes de convertirse en protagonistas de la carrera por los Oscar. Así, aquello que una vez había sido una herramienta de prestigio cultural de un régimen autoritario terminó ocupando otro tipo de lugar en la industria: sin dudas, el de una de las plataformas más importantes para que una película empiece a ser tomada en serio por Hollywood.
Hoy, Venecia forma junto a Cannes y Berlín el gran trío de festivales cinematográficos europeos. Pero conserva una diferencia histórica sobre las otras: es el festival de cine competitivo más antiguo del mundo.
El Festival de Venecia, casi un siglo después
Casi un siglo después de aquella primera proyección en el Hotel Excelsior, el festival sigue haciendo algo bastante particular: reunir entretenimiento, industria, arte y política en un mismo lugar.

Venecia no nació como un espacio neutral, sino dentro de un proyecto político concreto y atravesó guerras, protestas, crisis institucionales y cambios profundos en la manera de entender el cine.
Hoy, mientras las cámaras apuntan a las estrellas en la alfombra roja, también siguen apareciendo directores que retiran sus películas, actores que aprovechan el escenario para hablar de política y películas que ponen en discusión el mundo en el que vivimos. Quizás por eso la historia del Festival de Venecia sea mucho más interesante que sus alfombras rojas.


