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Italia en el mundo | La tragedia del Principessa Mafalda, el Titanic italiano que conmovió al mundo

La tragedia del Principessa Mafalda, el Titanic italiano que conmovió al mundo

El Principessa Mafalda se hundió en las costas de Brasil el 25 de octubre de 1927. Cómo fue el último viaje del buque soñado que jamás llegó a destino.

Por Florencia Gagliardi | @mfgagliardi

El Principessa Mafalda, en su viaje con destino a América.
El Principessa Mafalda, en su viaje con destino a América.

El Principessa Mafalda se hundió en las costas de Brasil el 25 de octubre de 1927. La tragedia había dado avisos que nadie supo ver o quiso advertir. Una de las alertas ocurrió el 22 de septiembre de 1907, frente al astillero de Riva Trigoso, en Génova, cuando el buque gemelo “Jolanda di Savoia” se lanzó por primera vez al mar y naufragó a los veinte minutos de su botadura ante el desconcierto de una multitud. El resto de las señales ocurrieron una tras la otra en el último viaje del buque que jamás llegó a destino.

Pero la historia del Mafalda comenzó antes de ello, en los inicios del siglo XX, cuando el capitán y senador genovés Erasmo Piaggio fundó en el año 1904 el Lloyd italiano, la primera compañía naviera que –de acuerdo al ensayo del historiador italiano Marco Cuzzi– destinó los barcos de vapor principalmente a la tercera clase.

Según la obra, que cita también al historiador Giorgio Giorgerini, en aquel período los inmigrantes viajaban en condiciones extremas, en habitaciones insalubres y promiscuas, sin ninguna ventilación, y en cada travesía se morían entre el 6 y el 10% de los pasajeros.

La inmigración y la construcción del vapor

Quizás por ello, ante un contexto de inmigración en aumento, sumado al desarrollo de la industria naval, Piaggio comenzó la construcción de dos buques a vapor destinados hacia las rutas de América. Se trataría los dos mayores barcos de pasajeros italianos nombrados, en honor al rey Vittorio Emanuele III, como sus dos primeras hijas: Jolanda y Mafalda. 

El primero de los buques nunca llegó a navegar. El segundo, en cambio, se transformó en la peor tragedia de la navegación italiana.

Su primer viaje transoceánico

Un año después del infortunio del Jolanda, Piaggio avanzó con la botadura de su barco gemelo, el Principessa Mafalda, que fue lanzado al mar el 22 de octubre de 1908. Seis meses después, el 29 de abril de 1909, el barco zarpó desde Génova con destino a su primer viaje transoceánico, con una invitada especial como madrina: la reina Elena. 

El barco Principessa Mafalda, en el astillero Riva Trigoso.
El barco Principessa Mafalda, en el astillero Riva Trigoso.

El Mafalda fue el primer barco italiano en contar con electricidad y disponer de camarotes de primera clase equipados con  teléfonos internos. Fue también el primero en ofrecer mayores comodidades destinadas a la tercera clase, con capacidad de hasta 1200 pasajeros, salones, pasillos y salas comunes.

El buque por dentro

En la cubierta superior del buque había salones, un vestíbulo, un comedor y hasta una sala de música con un podio para la orquesta que, de acuerdo a los relatos de la tragedia, sonó hasta el final. En las cubiertas inferiores estaban las salas técnicas, la bodega de carga, los almacenes, la sala de máquinas y el alojamiento para alrededor de 300 miembros de la tripulación.

El Mafalda tenía además dos máquinas de vapor que hacían posible una potencia de 10.500 caballos capaces de mover sus dos grandes hélices, alcanzando los 18 nudos de velocidad. Una de las hélices que luego sería desencadenante del desenlace fatal.

Desde sus inicios el Mafalda hizo muchos viajes por la ruta Génova – Buenos Aires,  y transportó a personalidades de renombre, como la actriz rusa Tatania Pavlova, el dramaturgo Luigi Pirandello, el escritor Carlo Emilio Gadda, el maestro Arturo Toscanini. También viajó a bordo del Mafalda el ilustre compositor argentino de tango Carlos Gardel y, el 9 de septiembre de 1910, Guglielmo Marconi realizó uno de sus experimentos sobre las ondas de radio.

La tragedia del Titanic

Menos de dos años después de aquel experimento de Marconi, ocurriría uno de los naufragios más impactantes de la historia, el del Titanic, que se hundiría el 15 de abril de 1912 en las aguas del Atlántico Norte tras chocar contra un iceberg. Aquella sería una tragedia latente y un fantasma que acecharía, aunque por otras razones, al buque italiano.

El hundimiento del Titanic ocurrió en 1912 | Crédito National Geographic
El hundimiento del Titanic ocurrió en 1912 | Crédito National Geographic

Pero antes de la desgracia del Mafalda ocurrieron otros eventos, como la Primera Guerra Mundial, que hizo que, desde 1915 hasta 1918, se modificaran las rutas del barco a vapor, convirtiendo al buque en el alojamiento oficial de las tropas aliadas en Taranto.

Finalizado el conflicto, el transatlántico, en manos ya de la Navigazione Generale Italiana, se convirtió en el barco insignia y volvió a realizar su habitual ruta Génova-Buenos Aires, transportando a emigrantes de toda Italia.

El último viaje del Mafalda

Casi dos décadas después de su primer viaje, se ordenó la última travesía con destino a Brasil y luego a la Argentina. Sería la última vez que el Mafalda navegase la ruta ya conocida, antes de ser destinado como barco turístico y luego a futuro desmantelado.

El capitán Simone Gulì, un siciliano de 62 años que trabajaba para Navigazione Generale Italiana desde 1894 y quien a lo largo de su trayectoria había experimentado otros naufragios, fue a quien se le encomendó aquel último viaje a bordo del Mafalda.

A la derecha, el capitán Simone Gulì.
A la derecha, el capitán Simone Gulì.

Sin embargo, el 11 de octubre de 1927, cuando el barco zarpó desde Génova, Gulì presintió que ese trayecto a bordo del trasatlántico sería su viaje final y, según el ensayo Guzzi, quizás por ello le pidió a su mujer que lo acompañara al puerto.

A partir de ese momento las alarmas no dejaron de sonar. Ya en el inicio del viaje el comandante solicitó a la compañía que no dejara partir al vapor, aunque su petición fue en vano y el buque se vio obligado a partir. Desde la empresa naviera alegaron que el barco se encontraba en condiciones, versión que mantuvieron hasta el final, aunque luego la propia realidad se ocupó de demostrar lo contrario sobre el estado del Mafalda.

Señales como presagio

Uno de los primeros contratiempos ocurrió a la salida, ese 11 de octubre, cuando el buque quedó varado en el puerto por problemas de motor y pudo partir recién hacia las 18 después de varias horas. Tras ese episodio se sucedieron otros tantos problemas que fueron un anticipo de la tragedia final.

En el tramo Génova-Barcelona el barco tuvo que detenerse ocho veces y en España quedó varado 24 horas, en donde intentaron reparar el motor de estribor y algunas bombas. La inclinación ya se percibía a bordo y en panorama comenzaba a despertar temor entre los pasajeros. Luego de que se informara al capitán de un nuevo problema en la hélice izquierda, el barco tuvo que hacer otra parada obligatoria en Dakar para realizar las reparaciones que correspondían.

El Mafalda volvió a detenerse el 18 de octubre, en São Vincente, en la isla de Cabo Verde, para reparar las cámaras frigoríficas y comprar comida antes de retomar la ruta. En ese destino, se embarcaron dos pasajeros argentinos que habían sido rescatados pocos días antes del vapor Matrero, que había quedado a la deriva en el océano por la explosión de una caldera.

Vibraciones y alarma por el buque

El Mafalda retomó luego la marcha, pero durante la navegación comenzaron a sentirse vibraciones y la inclinación ya era tal que, según un pasajero, «no se podía dejar la taza con el café porque se derramaba».

Una vez más, Giuli encendió las señales de alarma y le pidió a la compañía por  telegrama que trasladara a los pasajeros a otro barco, pero rechazaron su pedido y le ordenaron seguir hasta Río de Janeiro. «Continúe hasta el puerto previsto y espere instrucciones», fue el mensaje de respuesta, según consigna el ensayo de Cuzzi.  Para ese entonces el final ya estaba cerca.

El día del naufragio

El Princesa Mafalda, hundido
El Princesa Mafalda, hundido | Crédito: www.culturaitalia.it

Es sábado 25 de octubre de 1927 y el día transcurre sin sobresaltos. En la segunda clase está Ruggero Bauli, un pastelero de Verona que quiere llegar a la Argentina para abrir su negocio. Bauli, hoy el nombre de una compañía conocida en Italia, quien no sabe instantes después está por ocurrir la tragedia del Mafalda de la que se convertirá en uno de los sobrevivientes.

Son las 17.25, hora local. Primero se oye un ruido ensordecedor y luego una sacudida en las cubiertas que hace que todos los pasajeros salgan al exterior. Guli pide que los pasajeros mantengan la calma, mientras descubre qué sucedió: la hélice izquierda se salió de lugar y por una abertura comenzó a ingresar agua, inundando la sala de máquinas. Como sucedió con el Titanic, el agua comienza a llegar a la sala de calderas. Mientras tanto la orquesta sigue tocando. La información que se da a los pasajeros es que hay una avería en la maquinaria, que «se reparará», pero ello nunca sucederá.

En los siguientes minutos se enviará un S.O.S de socorro a los barcos más cercanos, mientras la orquesta entona «Il Trovatore» y se escuchara un silbato de alarma. Enseguida se producirán las escenas del final, mientras el Mafalda se hunde y el pánico comienza a adueñarse de todos. 

Los testimonios de la tragedia

El ensayo de Cuzzi relata lo siguiente: «Esos últimos minutos de agonía en el Mafalda son terribles: madres separadas de sus hijos, oficiales atacados por los pasajeros para quitarles sus revólveres; otros luchando por un salvavidas; personas que se niegan a arrojarse al mar y permanecen en el barco a punto de hundirse; otros que siguen luchando en el agua, matando a los desesperados por un punto de apoyo. La escena se convierte en una espeluznante masacre cuando una manada de tiburones, los temibles tiburones de las islas Abrolhos, llega hambrienta. Muchos náufragos son devorados vivos, y la sangre atrae a otros depredadores».

Testimonios de la tragedia, citados por el historiador, cuentan que mientras el barco se hundía, la orquesta entonó la «Marcia Reale» y que Gulì hizo el saludo militar al grito «Viva la Italia». Después  lanzó su gorra al aire y se quitó la vida.

Los músicos del Mafalda.
Los músicos del Mafalda.

Diez minutos después de la medianoche, el 26 de octubre de 1927, el Mafalda, ese barco que había sido el sueño de Erasmo Piaggio se hundió para siempre llevándose la vida, entre las que se contabilizaron, de 314 personas, entre ellas 27 pasajeros de primera clase, 37 de segunda, 204 de tercera, 37 tripulantes y 9 oficiales, entre los cuales estaban Gulì, su adjunto Francesco Moresco, el médico Figaroli, el jefe Scarabicchi y los dos marconi Reschia y Boldracchi.

En total diez barcos realizaron tareas de rescate en la oscuridad del océano, entre ellos, el Empire Star inglés, el Alhena holandés, el Moselle francés y el Avelona inglés. 

Un tesoro que jamás se descubrió

Dicen que el Mafalda transportaba un baúl con monedas, lingotes de oro y valores para la sede argentina del Banco de Italia en Argentina, fortuna que debía ser custodiada por el vice brigadier de la Policía del Estado, Vincenzo Piccioni, víctima también de la tragedia. Según versiones posteriores, el oro, del que nunca más se supo nada, era un regalo de Mussolini al gobierno argentino para fomentar las relaciones entre los dos países. 

Los sobrevivientes de la tragedia del Mafalda.
Los sobrevivientes de la tragedia del Mafalda.

La Navigazione Italiana

El naufragio del Mafalda sucedió a pocos días del quinto aniversario de la Marcha sobre Roma. Los periódicos italianos al principio minimizaron la tragedia, hasta que días más tarde comenzaron a difundir los verdaderos números del peor desastre naval.

El 11 de noviembre de 1927 se realizó una ceremonia religiosa por las víctimas, de la que no participaron el director de la Navigazione Generale italiana, Dionigi Biancardi, ni tampoco el ministro de Correos y Telégrafos, Costanzo Ciano, dos de las autoridades que habían dicho que el vapor estaba en buen estado y que había salido del puerto de Génova «en perfectas condiciones de navegabilidad».

Según relata Cuzzi en su ensayo, después de la tragedia, la Regia Marina (actualmente la Marina Militare Italiana) realizó una investigación en la que se estableció que el eje de la hélice izquierda resbaló por el fallo de una junta y que seis botes salvavidas no pudieron ser utilizados por estar mal colocados. También se llevó a cabo un juicio, luego de la denuncia de familiares de las víctimas, que obligó a la Navigazione Generale Italiana a pagar importantes indemnizaciones.

Hubo avisos que nadie supo o quiso ver. Y el Mafalda, ese buque que un día fue un sueño realizado y un orgullo para Italia, sucumbió a su fatal destino y desapareció para siempre en las profundidades del océano, en donde aún yace hoy, a 95 años de la tragedia. 

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